
Inicié la travesía observando el centro de un panadero, su simetría, la reiterada posición de sus partes, su blancura, su belleza matemática. Eso fue en el verano durante mis días en la Patagonia. Ahora, al volver a ver la fotografía que le tomé, recuerdo que de niño solía soplarlos para que volaran.
Al mes ya estaba aquí en Capital Federal. Desde el primer día que bajé del colectivo me fui encontrando con un panadero en los lugares que visitaba. Era como si me siguieran. A veces los vi pasar por el lado de afuera de la ventana. Aunque fue uno en particular el que me quedó en la memoria. Fue estando en el subte, viajaba por entre la gente, se acercó a mí, se frenó, dio la vuelta y siguió su recorrido por entre los vagones. Luego lo perdí de vista. Cada uno de los muchos que vi los sentí como se siente a esas extrañas coincidencias que parecen querer decirnos algo. También los sentí como una protección.

Mi nuevo portero eléctrico es viejo y pesado. Probablemente date de los años ´70. Cuando me llaman los demás me escuchan muy fuerte y yo los escucho muy bajito. Lo arreglaron, pero el sonido quedó de esa manera.
Los caminos de la asociación libre son misteriosos, nunca uno sabe a dónde lo conducirán. Lo valioso de las experiencias en donde uno asocia libremente es que descubre cosas que mediante otros métodos hubiera sido muy difícil, sino imposible de revelar.

El otro día, mientras descansaba disfrutando mi café, saqué de la biblioteca el libro de Salvador Dalí para entretenerme. Lo abrí en una hoja cualquiera y, para mi sorpresa, me encontré con mi portero eléctrico. Dalí lo había pintado en 1938 colgado de una rama seca sobre un plato. De un auricular le hizo caer una gota de agua mientras que al otro lo recortó. Según leí tiene que ver con la guerra civil española. La gota de agua debe tener que ver con el llanto de los que están en el lugar, el recorte con la imposibilidad de diálogo y el plato vacío podría representar el hambre. Me sorprendí por la coincidencia y cerré el libro solo para asombrarme aún más al encontrarme con esta foto de Dalí junto a un panadero. Aunque en este caso la revelación sólo sea lo increíble de la serie de coincidencias, sentarse a deleitar la belleza de lo cotidiano eleva al hombre a su máxima expresión.
